Florencia era el horno del mismo infierno. Preciosa, sin duda, pero abrasadora aquel verano. Debimos comernos toda la ola de calor que asoló Italia nosotras solitas: my sister and me. Bueno, y los cientos de españoles que inundaban las calles de la ciudad toscana, claro. Todo un desparrame made in Spain.
La mañana de la excursión a Siena la temperatura ambiente debía andar por los 30º antes del medio día. Yo me había pasado quinientas horas delante del armario decidiendo qué carajo iba a ponerme para conseguir que la menor cantidad de tela rozara mi cuerpo. Vamos, que ya no se trataba de ir “mona” sino de sobrevivir a las llamaradas que algún ser despiadado lanzaba desde el cielo.
Una vez decididas, my sister and me llegamos al lugar acordado como puerta de embarque de la excursión, donde ya nos esperaban nuestros compañeros de viaje: los dos funcionarios de prisiones catalanes y el guía turístico italiano que conocimos en días y noches (respectivamente) anteriores. La verdad es que no recuerdo cómo ni cuando decidimos hacer ese viaje juntos, pero allí estábamos los cinco, sin a penas conocernos, recién duchados y ya sudando para la ocasión.
El flamante Fiat 1 SIN aire acondicionado del italiano nos llevó hasta la hermosa ciudad de Siena. Un maravilloso viaje de dos horas en el que debí perder unos tres o cuatro kilos tirando por lo bajo. Y es que yo intentaba concentrarme en el paisaje toscano (a veces lo conseguía, eh) y en general fue bien, pero en particular sudé más que un kebab.
Y es que la minifalda, pese a su fama de ligera y fresca, es lo peor que te puedes plantar un día de verano tártaro. No solo porque las piernas quedan totalmente desprotegidas contra el calor, sino porque además, si las llevas pegadas durante dos horas seguidas (como ocurre si vas sentada en la trasera de un Fiat 1 SIN aire acondicionado con dos personas más) la sensación es, cuanto menos, desagradable.
En cualquier caso, llegar a Siena y disfrutar de su belleza fue todo uno. Quizás influyó el hecho de que habíamos asimilado que era un viaje fugaz, ya que llegamos sobre la 1 del mediodía y teníamos que salir de nuevo hacia Florencia a las cuatro. Sin embargo, a pesar de la falta de tiempo y de aire, nos empapamos bastante de la ciudad y disfrutamos de lo lindo de sus rincones. De hecho, solo con poder admirar en vivo y en directo su impresionante Piazza del Campo ya mereció la pena.
Realmente hay momentos en la vida que no tienen precio y hoy necesitaba un post sobre uno de ellos. Me entenderéis mejor si os digo que llevo una semana jodida de trabajo (basura), fantaseando con la idea de que soy libre para buscar otra basura mejor y deseando saltar al otro lado del espejo. Pero no soy Alicia ni estoy en el puto país de las maravillas así que... el recuerdo de Siena era mi plan B.



