Leitmotiv

Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres.

Escribo por mi desesperación y mi cansancio, ya no soporto la rutina de ser yo, y si no existiese la novedad continua que es escribir, me moriría simbólicamente todos los días.

Pero estoy preparada para salir con discreción por la puerta trasera. He experimentado casi todo, aun la pasión y su desesperanza. Ahora sólo querría tener lo que hubiera sido y no fui.

-C. Linspector, La hora de la Estrella-

miércoles 2 de diciembre de 2009

PLAN B



Florencia era el horno del mismo infierno. Preciosa, sin duda, pero abrasadora aquel verano. Debimos comernos toda la ola de calor que asoló Italia nosotras solitas: my sister and me. Bueno, y los cientos de españoles que inundaban las calles de la ciudad toscana, claro. Todo un desparrame made in Spain.

La mañana de la excursión a Siena la temperatura ambiente debía andar por los 30º antes del medio día. Yo me había pasado quinientas horas delante del armario decidiendo qué carajo iba a ponerme para conseguir que la menor cantidad de tela rozara mi cuerpo. Vamos, que ya no se trataba de ir “mona” sino de sobrevivir a las llamaradas que algún ser despiadado lanzaba desde el cielo.

Una vez decididas, my sister and me llegamos al lugar acordado como puerta de embarque de la excursión, donde ya nos esperaban nuestros compañeros de viaje: los dos funcionarios de prisiones catalanes y el guía turístico italiano que conocimos en días y noches (respectivamente) anteriores. La verdad es que no recuerdo cómo ni cuando decidimos hacer ese viaje juntos, pero allí estábamos los cinco, sin a penas conocernos, recién duchados y ya sudando para la ocasión.

El flamante Fiat 1 SIN aire acondicionado del italiano nos llevó hasta la hermosa ciudad de Siena. Un maravilloso viaje de dos horas en el que debí perder unos tres o cuatro kilos tirando por lo bajo. Y es que yo intentaba concentrarme en el paisaje toscano (a veces lo conseguía, eh) y en general fue bien, pero en particular sudé más que un kebab.

Y es que la minifalda, pese a su fama de ligera y fresca, es lo peor que te puedes plantar un día de verano tártaro. No solo porque las piernas quedan totalmente desprotegidas contra el calor, sino porque además, si las llevas pegadas durante dos horas seguidas (como ocurre si vas sentada en la trasera de un Fiat 1 SIN aire acondicionado con dos personas más) la sensación es, cuanto menos, desagradable.

En cualquier caso, llegar a Siena y disfrutar de su belleza fue todo uno. Quizás influyó el hecho de que habíamos asimilado que era un viaje fugaz, ya que llegamos sobre la 1 del mediodía y teníamos que salir de nuevo hacia Florencia a las cuatro. Sin embargo, a pesar de la falta de tiempo y de aire, nos empapamos bastante de la ciudad y disfrutamos de lo lindo de sus rincones. De hecho, solo con poder admirar en vivo y en directo su impresionante Piazza del Campo ya mereció la pena.

Realmente hay momentos en la vida que no tienen precio y hoy necesitaba un post sobre uno de ellos. Me entenderéis mejor si os digo que llevo una semana jodida de trabajo (basura), fantaseando con la idea de que soy libre para buscar otra basura mejor y deseando saltar al otro lado del espejo. Pero no soy Alicia ni estoy en el puto país de las maravillas así que... el recuerdo de Siena era mi plan B.

viernes 27 de noviembre de 2009

PLANET 51: ¿QUIÉN ES EL ALIEN?


A veces sueño con pertenecer al clan de los mortales y crecer junto a ellos. Otras veces, simplemente, me desanimo y soñar se me vuelve del revés. Después vuelvo a la vida sin aspavientos, sin prisa y con breves pausas para un café o una manzanilla con anís. Parece que relaja el estómago y el alma. O al menos eso me dijo el ATS.
Cuando la angustia me quema por dentro escribo sobre mi, creyendo que eso apagará el fuego, sin embargo solo consigo avivarlo. El agua tampoco hace nada.

Sin embargo, hoy no tengo angustia porque he ido al cine a ver
Planet 51
con toda la familia (bueno, casi, porque mi hermana sigue en su otro lado del charco) y ha sido muy especial. Ya ni me acuerdo de la última vez que fui al cine con mis padres y mi hermano, los cuatro juntos. Supongo que alguna navidad en los cines Jaito (aquél en el que regalaban chocolate y volúmenes infantiles de don Quijote en los intermedios) hace mil quinientos años.

Pero esta vez la ocasión merecía la fusión de la familia por una tarde porque Planet 51 es un proyecto en el que mi hermano ha trabajado durante cinco años. Y aunque él ya está metido en otras historias y no considera esta película como “suya” ni le da demasiada importancia, he visto que se ha emocionado. Claro, es su primera peli en el cine y bien merece una emoción. Aunque compartas créditos con más de cien personas, deben sonarte campanitas dentro cuando ves tu nombre en la pantalla gigante, ahí, junto a todos los demás. A mi me han sonado solo de ver mis apellidos...

La peli está muy bien, es divertida y colorista, con toda la animación y el despiporre que supone una peli de este calibre, pero además tiene una bonita moraleja... o al menos la moraleja que yo he sacado lo es: “Ábrete al mundo y no temas a lo diferente, porque lo diferente puede salvarte la vida”.

He leído alguna crítica por ahí y la mayoría se centran en el hecho de que huele a película de animación yanqui, pero yo casi me salto esa parte, que me cansa. Ya se sabe que lo yanqui a algunos les escuece mucho y si no encuentran razones para descalificar algo o a alguien, se limitan a decir que es yanqui (o una imitación yanqui). Es algo que nunca he entendido, pero es lo que hay. Vivimos en un mundo envidioso y banal.

En realidad da igual a que “huela” la peli o la nacionalidad de los dibujantes, de la idea o del guión, lo importante es que uno sobrevuele todas esas banalidades y recoja el testigo de la ilusión. Por ejemplo, la de los 300 dibujantes que la han hecho posible.

A mi me sirve para apagar mi angustia y tirar a un lado la ansiedad. A lo mejor a vosotros también os sirve de algo.

lunes 23 de noviembre de 2009

PALOS DE CIEGA


Tras muchos intentos creo que ya es hora de dejarlo, aunque sea por imposible, de otro modo puedo estar toda la vida intentándolo y, la verdad, no tengo toda la vida (me queda un rato y quiero pasarlo contigo).

Me refiero, por supuesto, a la literatura.

Es como mi teoría de que Ana Botella es, en realidad, un hombre, que nadie la toma en serio, pues lo mismo pasa con la Musa, que no me toma en serio a mi y no me quiere ver ni en pintura. Debe estar harta de tanta palabra mal sonante y tantos palos de ciega y ha decidido, desde su escondite, no volver ni a rozar el tejado de mi casa (o de las casas donde voy viviendo). Ni siquiera para descojonarse de mi.Y yo, que ya no tengo argumentos para convencerla, la voy a dejar marchar porque, en algo tiene razón: se está mucho mejor con Antonio Vega.

Nunca me tocó, la Musa digo, pero la he escuchado reírse un millón de veces. De mi claro, y de todos mis intentos por escribir cosas bonitas. La primera vez que oí su escandalosa risa fue sentada sobre una silla de la peluquería de mama (veis, si es que soy cursi “mama”), me colgaban las piernas así que mi cuerpito debía andar por los cuatro o cinco inviernos. Vestida con mi bata de guatiné rosa preferida (debajo mi pijama de ositos preferido, supongo) y armada con un lápiz (el boli era un arma prohibida en párvulos) desarrollé mi primera historia. Pero claro, con la Musa sobre mi cacareando me salió un churro. Tanto es así que la profesora, Doña Virtudes, al leerla al día siguiente tampoco pudo aguantarse la risa.
“Qué ocurrencias tiene esta chiquilla” –dijo. Aunque en realidad estaba pensando: “Esta niña tiene fiebre”.

En realidad hay muchas cosas que dan lo mismo, que Shakira haya dejado de cantar bien o que a Alejandro Sanz no se le entiendan ni las vocales. Y hay otras muchas que... como ese niño que desayuna pegamento para olvidar y porque no tiene nada que llevarse a la boca.
Cuando veo a esos lamelotodo en los medios excupiendo vanidades y contando basuras propias y ajenas me da mucha rabia que la Musa no me tome en serio. En realidad yo solo la quiero para esos momentos...

Pero no importa, porque la literatura no va a salvarnos ni tampoco se puede comer, aunque a muchos les esté engordando.

Igual que a otros las piedras.

martes 17 de noviembre de 2009

CALMA CHICHA



Calma reina, que ya te traigo tu plato de espinacas. Eres una canicha bien rara Chicha. Perdón, caniche, que no soy la Aído.
A mi perra le gustan las espinacas con queso y el jamón de Montanchez, pero no hay por donde meterle el tutú que le regaló mi abuela. Dice (ladra): “que se lo ponga Rita” y me gruñe. Me enseña sus mini colmillos y luego se pone chula. No hay por donde cogerla, así que la dejo estar.

En el fondo sé que me odia. Debajo de esa capa de algodón blanco hay una víbora que me acecha cada noche, por eso se tumba a mi lado cuando cree que estoy dormida, para medirme y saber si podría devorarme con su boquita de pitiminí. A mi no me la da con esos ojillos turquesa (es una caniche con pedigrí) y esos modales finos. Aunque estos solo los muestra cuando ve a Tor, el doberman del vecino, conmigo es más basta que el esparto, excepto cuando quiere algo claro: jamón, una manta nueva o que la saque al parque (para ver a Tor).
Perra interesada.

La llamé Chicha por no llamarla Duquesa, que era el nombre que llevaba en el collar cuando la encontré chupando asfalto. Los que la dejaron allí no tienen derecho a que lleve el nombre que le pusieron. Cretinos. La abandonaron a su suerte después de acostumbrarla a comer jamón del bueno y ahora tengo que aguantar yo su grulla y sus celos. Sí, porque a parte de tener mala leche es posesiva y celosa. Vamos que es acercarme a Tor y me gruñe como la mala pécora que es. Un día de estos la llevo a la peluquería canina a que la tiñan de rosa y le pongan alitas, como las caniches de la tele.

El veterinario me dijo que tiene una enfermedad degenerativa e incurable y que no vivirá más de dos meses. “Quizás por eso la abandonaron” –añadió. Quizás por eso yo la quiero tanto.

...Una vez conocí a un tipo que tenía cara de ratón. Un ratón que sabía inglés.

miércoles 11 de noviembre de 2009

DE ROLES Y PERSONAS




Mi gripe va remitiendo. La puñetera. Hoy ha estado a punto de tirarme de la cama y obligarme a salir al frío y la desesperanza de la mañana, para que me siga buscando la vida de mala manera. Día a día. Sin descanso.
Supongo que está cansada de mi pijama, mi ronquera y mi maraña de pelo, así que después de casi diez días juntas ha decidido que me abandona.
-“Me quedao con tu cara” -me dice mientras hace el equipaje- “como hagas tonterías o te quedes con el culo al aire vuelvo y me quedo un mes”.
-“Pues estoy deseando que llegue el finde para retozar sin ropa, así que tu me dirás, mala gripe, espero no ver ni que te asomas por mi paraíso. Perra”.

Y mientras nos despedimos (ella recoge sus cosas y yo me peino frente al espejo) intento ponerme al día, o reponerme al día, escuchando las noticias. Una de ellas me aterra, pero no me pilla por sorpresa (y eso quizás me aterra más):

El relevo generacional no garantiza el fin de la violencia machista.

Parece que nuestra “juventud, divino tesoro” confunde el amor con la propiedad privada y la violencia. Ellas se consideran malqueridas si ellos no son celosos y violentos y ellos consideran que tener una novia (una piba) es como tener una Wii para su uso y disfrute. Atrás queda el respeto, la dignidad, la libertad y, muy, muy lejos, el amor.

Ahora dicen que el problema es la educación. Supongo que ha hecho falta gastarse una millonada en un Ministerio de Igualdad para llegar a esa obvia conclusión. Y a lo peor sirve de algo y empiezan a darse cuenta del peligro que conlleva lanzar ciertos mensajes sexistas en los medios. De que la educación está viciada desde el origen. Pero mirad por donde que no tengo ninguna fe en que eso vaya ocurrir, porque empiezo a pensar que no estamos preparados para desintegrar el machismo establecido. Para muestra un botón: necesitamos un Ministerio de Igualdad en un país supuestamente refinado. A mi, personalmente, no me parece una señal de que hayamos progresado en el terreno de las diferencias de género, lo único que me demuestra es que hay dinero y ganas para gastar en ministerios y funcionarios.

No es un tema que me guste especialmente éste de la violencia de género, al contrario, me enciende y me levanta del suelo con un cabreo infernal porque no veo que se esté avanzando en absoluto. No estamos solo ante el problema de unos cuantos maltratadores setentones que no se han puesto al día en materia de igualdad (y que ya no lo harán). Estamos ante nuevas generaciones de niños y niñas que no saben nada acerca de la igualdad y que reciben, diariamente, mensajes confusos sobre sus roles masculino/femenino. Ocultando éstos el rol más importante de todos: el de personas.

Por ejemplo, eso de que el hombre debe “ayudar en casa” o en el cuidado de los hijos. Cómo que “ayudar”, ayudar de qué si la casa y los hijos son de la pareja. Cómo que “colaborar”, como si fuera obligación de la mujer hacerlo todo (fuera y dentro) y estar detrás de su pareja pidiéndole que colabore. Normalizando esa imagen de la esposa-madre tan sumamente absurda y peligrosa.

Cada uno en su casa que haga lo que le venga en gana, que cada pareja decida en libertad lo que mejor le cuadre, pero que no vengan de fuera confundiendo al personal con ese tipo de conceptos y roles estúpidos. Porque luego pasa lo que pasa, que un quinceañero le da un bofetón a su novia y ésta se ríe porque le pone.

Afortunadamente no toda la juventud es así, pero habrá que ir viendo cómo toreamos los cabestros que nos vienen.

viernes 6 de noviembre de 2009

VIAJE ESPISTOLAR


Cuando te diagnostican gripe A solo puedes hacer una cosa: quedarte en cama. Al menos al principio, cuando eres una muñeca de trapo con fiebre y dolores musculares a gogó.
Según va remitiendo la fiebre puedes hacer algunas cosas más: llamar a todo el mundo para darles la noticia (ey, que tengo la gripe A, que me han dado baja toda la semana, que por dos pulsaciones no estoy dentro del grupo de riesgo, que mi médico de toda la vida, el Muñoz, me atendió con guantes... etc.), leer todo lo que tienes pendiente, beberte hasta el agua de la regadera, navegar por la red hasta hartarte, hacer yoga, ponerte el termómetro en lugares que nunca probaste, toser alto y claro, hacer mermelada de albaricoque, leer viejas cartas, planchar los tangas...

En esta segunda etapa, menos febril, también puedes salir a la calle para no convertirte en un topillo de almacén plancha tangas. Eso sí: sin contagiar al personal, es decir, hay que salir con mascarilla. Y aquí, mucho más que releyendo viejas cartas no contestadas, es donde una experimenta eso de que el hombre es un lobo para el hombre:
“Oye, que he visto a la del tercero con mascarilla”, “claro, la anoréxica ha cogido la gripe A, no me extraña, si ejque no tendrá defensas con lo poco que come”, “pobre chica, con lo mona que era”...

Que mis vecinos piensen que soy anoréxica es una exageración (en realidad solo lo piensa la gorda del sexto), pero salir a la calle con mascarilla no tiene precio. No es como llevarla en el ambulatorio, donde la lleva hasta el gato del bedel, es mucho más arriesgado. Una mira la cara de la gente y empieza a imaginarse todo lo que están pensando, verdaderas historias de terror. Sobre todo si se está un poco sonada y atiborrada de pelis yanquis y de imaginación como yo.

Pero esto es cierto: algunos al cruzarse contigo y tu mascarilla te miran de reojo y se apartan sutilmente, supongo que porque creen que te va a dar un tíboli, te vas a bajar la mascarilla de repente y le vas a soltar un lapo vírico en la cara. Nada más lejos de la realidad, por otra parte, porque eso es algo que yo jamás haría, entre otras cosas porque mi hermano nunca me enseñó a fabricar lapos (y mira que se lo pedí un millón de veces). Todo lo más un estornudo pueril tirando a babilla.

Pero vayamos al grano, que yo quería hablar de mis viejas cartas, no de mi gripe A, que tanto hablar de ella se le está subiendo a la cabeza y este Blog es mío. Mi tesoro.

Título: Viejas cartas
Personajes: yo y mi estupidez supina.
Conclusión: me siento como Andrew Whitaker.

A veces guardar viejas cartas y releerlas pasado el tiempo sirve para darnos cuenta de cómo éramos y comprobar si hemos evolucionado en algo y/o para bien. En mi caso ya os voy diciendo que nanai, que de evolucionar nada y menos para bien. En todo caso para regular, aunque eso sería ir de Miss Optimista.

La vida me ha enseñado, a base de golpes, que el mensaje epistolar ya no se lleva ni se entiende y que da igual el esfuerzo que tu hagas en elaborar una carta (confesión o petición escrita), por muy sincera que sea, muy pocas personas lo entenderán. La mayoría consideran que ciertas cosas (o todas) hay que decirlas “a la cara” y el resto ni siquiera se molestan en pensar. Para eso ya está la tele.

Pero me estoy desviando de la linde, en realidad la torpe soy yo y no aquellos que no quisieron responder a las misivas, no sé por qué despotrico contra ellos. Qué manía tengo.

La verdad es que me he sentido un poco ridícula releyendo estas viejas cartas. Ahí, tirada en la cama con mi pijama tres tallas más grandes y el pelo enmarañado, con el rollo de papel higiénico a un lado, el paracetamol al otro, el termómetro en la axila y diez o doce libros desparramados por el suelo.
Tan, tan, tan ridícula que hasta he llorado. Por haber amado tanto, por haber perdido tanto el tiempo, por haber arrancado palabras de mi interior que nadie quería escuchar (y mucho menos leer), por no haber tenido un momento para quemar esas cartas, por haberlas escrito, por haberlas enviado y pensado y por qué tuvo alguien que estornudarme encima, metiéndome su virus en el cuerpo y obligándome a estar encerrada varios días.

¡Eh! ¿por qué?

lunes 2 de noviembre de 2009

COLGADA


Tengo una caja de libros empezados y otros tantos arrinconados por imposibles. Bestsellers en su mayoría. No me gustan los bestsellers. No leo todo lo que cae en mis manos, al contrario, leo poco y casi siempre lo mismo. Hay libros que he leído tres veces y otros ni siquiera una, a pesar de ser clásicos a los que debería dar una oportunidad. Hay libros que he tardado años en leer, otros un par de días. No es por el volumen, ni siquiera por la historia, es por el estilo. Me pierde el estilo.

Juan Rulfo o Rimbaud son estilo.

No me gustan los videos de las bodas ni las vacaciones programadas. No me gusta que me dejen colgada ni me gusta que me esperen. Tampoco me gusta esperar. No me gustan las películas de terror ni el fútbol. Me aburren soberanamente las carreras de coches (creo que lo llaman Fórmula 1), pero flipo con los camiones. No entiendo los dibujos animados de hoy. El domingo visioné una serie titulada Gormiti y aún estoy dándole vueltas. Me gustan los niños, pero no que griten. Quizás no me gustan los niños.

Me gusta Halloween. No me gusta escribir sobre mí. Bajo el cielo protector me embrujó, pero no sé si la recomendaría.

Permanezco colgada sobre la roca, como este balcón mirando al cielo. No sé cuánto tiempo resistiré la embestida del viento. Si acaso un par de minutos más, lo justo para terminar el baile. Que ya termina.

Hay personas que juegan a la vida con ventaja.